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lunes, 16 de enero de 2012

Helados de arena

Tenía apenas 3 años y asistía a aquel jardín todos los días.  Pertenecía a “La sala amarilla” donde jugaba y me inculcaban a ser un ciudadano modelo con el resto de mis compañeros. A veces las cocineras me llamaban a su cocina, de manera prohibida, para regalarme autitos y chocolates, como si mi cabellera rubia pudiera comprar cosas.
En los recreos íbamos al arenero donde nos deslizábamos por el tobogán, nos hamacábamos en las hamacas y demás. Pero también usábamos nuestra imaginación. Habíamos creado una heladería detrás de un árbol donde vendiamos helados de arena de todos los sabores habidos y por haber utilizando un banco como mostrador.
Fue en aquellos recreos de heladero cuando me enamoré perdidamente de ella. No me acuerdo su nombre, sólo de su belleza. Una hermosa, fina y discreta morocha.
Nunca le dije nada. Nunca me animé. Pasaban los días y en cada recreo le vendía un helado de arena. Sin embargo, en aquella transacción material imaginaria, vivíamos nuestros encuentros ocultos detrás de aquel árbol cómplice. Las palabras eran pocas: “Hola ¿De qué sabor quiere?” y ella decía: “De dulce de leche”. Pero todavía faltaba el momento culmine, que era cuando pagaba y yo recibía aquel dinero invisible, tan invisible, que nuestras manos se llegaban a tocar. Para mí, eso era todo. Después, al finalizar el recreo,  nos desocultábamos del árbol para volver a clase.
Ser el rubiecito corte taza, no sólo consistía en recibir regalos de las cocineras o vender helados detrás de un árbol, también era ser elegido para las obras de fin de año.
Aquel año teníamos que representar un baile de la época colonial. Iban a ser sólo dos parejas con módica vestimenta y con la bandera Argentina de fondo. La maestra se paró delante del curso y comenzó a elegir a los bailarines. Primero, seleccionó a los hombres, un amigo mío y a mí.  Ambos subimos al escenario para familiarizarnos con él, y también, para esperar ansiosos a nuestras compañeras. Casi como representando a Afrodita, la maestra escogió a mi enamorada para que bailara conmigo. No pude decir nada aunque mi corazón gritaba de alegría.
Poco me acuerdo de aquel baile colonial. Seguramente hubo poco y nada de ensayo, ya que la idea era que los mayores vean a niños de 3 años intentando bailar, y eso ya era gracioso para ellos.
Pero más allá de la obra, y de la diversión de los mayores, yo estaba bailando con ella. Mis pequeñas manos sobre su cintura la mantenían tan cerca de mí, que podía escuchar su corazón y sentir su respiración. Yo, que nunca me había animado a decirle nada, que sólo podía tocarle la mano escondido detrás de un árbol, de repente estaba abrazándola, bailando en medio del escenario en frente de todos; con una gran música, luces que nos iluminaban y aplausos mayores que nos guiñaban. Aquel baile fue para mí, como si me hubiera casado con ella, como si nos hubiéramos presentado en sociedad, como si hubiéramos blanqueado nuestro amor y gritado a los cuatro vientos que éramos el uno para el otro.
Girando y girando guiado por su cintura, sintiendo su respiracion en mi cuello, escuchando aquella bella música. No había dudas. ¿O el amor podía ser otra cosa?
Días más tarde, en la casa de mis abuelos, mi tío me preguntó si estaba de novio. Yo le contesté que sí, pero que ella todavía no sabía…

foto: Edouard Boubat

viernes, 11 de marzo de 2011

Mi bella dentista

Ir al dentista de niño era mi pesadilla. Había pocos motivos que podían convencerme en ir. Quizás un juguete, un alfajor, ir a la plaza y demás sobornos infantiles. Pero hubo una época en que ir al dentista no me costaba en absoluto, no hacía falta ningún motivo, porque el motivo mismo estaba en ir.
Ella era la dentista más hermosa que había visto. Y era mía, era mi dentista. Por primera vez en mi vida me ponía feliz saber que tenía una carie. Esperaba con ansias que ella dijera mi nombre a medio cuerpo asomándose al pasillo, donde aguardaba junto a mi madre.
En general los primeros enamoramientos de un hombre son con su maestra, pero yo me había enamorado de mi dentista. Que mala elección, si quería evitar el sufrimiento…
Ella era joven y rubia. Me daba charla y siempre me regalaba un chupetín cuando terminaba nuestro encuentro. Dulce y delicada. Imposible no enamorarse de mi dentista.
Un día entro a su consultorio y me siento (saltando) en la silla del paciente. Feliz esperando que sus manos rocen mi rostro por accidente al ponerme el babero de dentista. Pero esa tarde fue diferente. Todo empezó cuando sus primeras palabras fueron: “Hoy puede ser que te duela un poco, pero si sos valiente y resistís, tengo un regalo especial para vos”.
Que fuertes palabras para un niño enamorado. Pedirme que fuera valiente fue la prueba de amor que todo caballero debe cometer para conquistas a su amada. Me puso a prueba y no podía fallarle. ¿Qué clase de caballero sería si me quejaba del dolor?
Lloré del dolor. O por lo menos lagrimeaba e intentaba evitar el sufrimiento con movimientos bruscos de mi cabeza. Mi estrategia era evitar que notara mis lagrimas, evitar que se diera cuenta que su caballero no soportaba un simple arreglo de caries.
Increíblemente al terminar me felicitó. Mi estrategia funcionó, pensé. Y, como me había prometido, fue a buscar mi premio.  Abrió el cajón del escritorio, mientras me secaba los restos de lágrimas que quedaban, y  me entregó una medalla que decía: Primer puesto. Más contento no podía estar. Eso significaba que yo era su paciente número uno, el más valiente y el más próximo a poder conquistarla. Era una gran señal. Todo estaba funcionando a la perfección, hasta que se me ocurrió ser curioso.
Mi hermosa dentista dejó el cajón abierto, y no tuve peor idea que espiar. Al asomarme me encuentro con que el mismo estaba lleno de medallas. Agarré una al azar y al girarla decía: Primer puesto. ¿Cómo puede ser, si la medalla del Primer puesto la tengo yo? Pensé. Agarré otra medalla, y al darla vuelta decía: Primer puesto. Todas las medallas eran Primer puesto. Me sentí engañado. Un pobre y triste engañado.
Salí del consultorio con mi medalla colgando. Al llegar a la esquina, y sin decirle nada a mi madre, arrojé la medalla a un tacho de basura. Llegué a mi casa con un sabor amargo a desilusión, desilusión amorosa.

Esa tarde de niño aprendí mucho del amor. Aprendí que el dolor, el engaño y la desilusión son 3 actores, tan principales en toda relación, como el amor mismo. Y que seguramente los volvería a encontrar. Y también aprendí que me tengo que cuidar de las mujeres, cosa que de grande todavía no logré…Quizás por no tener la intención de hacerlo.


lunes, 7 de febrero de 2011

Amalia y Mariano

Buenos Aires amanece en el año 1977. Amalia, vestida de jumper gris de colegio, que nunca tocaba sus rodillas, y coronada por su vincha “hippie”, que abrazaba su hermoso cabello rubio, se encontraba sentada en el escritorio de su adolescente cuarto.
No estaba sola, auque hubiera preferido otra compañía. Su libro de Historia abarcaba todo su campo visual en busca desafiante de su apreciada atención.
Luchaba por terminar esas páginas, iba por la 359, y no era una buena señal para aprobar el examen.
Su atención empieza a perder terreno en la Historia Argentina, donde las fechas y próceres son protagonistas, y empieza a ganar terreno en un campo más personal y más intimo, el terreno del amor, donde el único protagonista es Mariano.  En aquella página, y con tan solo 17 años, inmortaliza su atención, su pensamiento, su amor hacia él y su anhelo de un romance duradero.
Amalia se había tomado el recreo, entre tantas batallas, para recordar al amor.

La semana pasada, revolviendo viejos libros, me encontré con este ejemplar y con este deseo de amor de esta pequeña Amalia y su enamorado Mariano.
Hoy, 34 años más tarde de aquella mañana, Amalia es mi madre, y casi como si este viejo libro de Historia Argentina cumpliera deseos amorosos, Mariano es mi padre.

El hallazgo de este libro no solo me enseñó los inicios de la Historia Argentina, si no que también, los inicios de la mía.




viernes, 29 de octubre de 2010

Mar de algodón

Ritual danzante celebrado dentro de un suave laberinto de sabanas donde persigo tu cuerpo entre curvas y rectas, subidas y bajadas. Refugio de dos, centro de confesiones, halagos y detector de mentiras. Pies y manos dibujan siluetas que se acercan más a pequeños relieves montañosos donde olas de hilo indican la cresta de todos nuestros sentidos. Mar de algodón que nos proporciona la tela de nuestros disfraces de piel y de ser, para que solo podamos jugar a ser nosotros mismos.


martes, 14 de septiembre de 2010

El regalo de Julieta

No tengo hijos, mis hermanas no tienen hijos y mis amigos no tienen hijos. Lamentablemente mi contacto con los niños es muy escaso.

Un compañero de la facultad festejaba su cumpleaños en su casa, donde fui uno de los invitados. Al llegar me recibe una mesa larga vestida de cena. Sentados, alrededor de ella, se encontraban otros compañeros de la facultad, amigos y familiares del cumpleañero.
Pero el cumpleaños no iba a ser uno más del montón. Algo me llamó la atención, un detalle del cual no tenía ninguna expectativa ni noción, un detalle que no formaba parte de mis salidas cotidianas: Una pequeña niña, una pequeña niña que sería parte de nuestra reunión.
Julieta era una hermosa nena de tan solo 5 años que no se separaba de sus crayones y hojas blancas. Tenía un vestido blanco y unos zapatos que hacían juego, pero que se encontraban desparramados por el living, ya que ella prefería la comodidad de sentir donde estaba parada. Sus bucles también hablaban de ella, ya que no se dejaban atar  por la cinta blanca con bordado, que también hacia juego con toda su ropa. Julieta era hija de una de las invitadas, pero que poca noción tenia de eso, ya que rápidamente se convirtió en el centro de nuestro universo.

Saludé a todos los presentes, y cuando me acerqué a saludarla a ella, no me prestó ni la minina atención. Me dio tanto miedo otro rechazo, que no volví a insistirle y me senté en la mesa. 
Me sentí mal porque veía como todos podían interactuar con ella de manera tan fácil y yo no. Veía como ella respondía a sus llamados y a sus juegos y conmigo no.  ¿Sería porque no tenía experiencia con niños o simplemente porque era un incapaz de interactuar con ellos?

La cena comenzó, la noche siguió y el cumpleaños tomó vuelo. La comida era deliciosa, y las charlas no se quedaban atrás. Poco a poco pasamos al postre y así al café. Habían pasado horas desde ese accidentado encuentro con la niña, hasta que alguien me preguntó: “¿Y vos como te llamas? Al girar la cabeza noté que Julieta se había sentado al lado mió en algún momento y no lo había notado. “Mi nombre es Luis”, le dije, y ella me respondió con una hermosa pregunta: “¿Y cómo se escribe tu nombre?”.
Tomé uno de sus crayones de color y escribí en su blanca hoja: “LUIS”. Apenas terminé de hacerlo, y casi como un relámpago, agarró la hoja y se fue corriendo. Sentí que había sido mi oportunidad de acercarme a ella y que no había hecho lo suficiente.
Seguí con mi café y mis charlas, cuando de repente, alguien me dice: “Ya aprendí a escribir tu nombre”. En aquella hoja blanca se leían varios “LUIS” en señal de que se distanció de mí para poder practicar mi nombre. Desde ese momento se quedó conmigo para que le enseñe a escribir  los demás nombres de los presentes.

En algún momento se acercó su mamá para saber en que andaba su pequeña niña y ambos le contamos de nuestra actividad. La madre se sorprendió y decidió realizar un pequeño juego para que su hija se luzca con lo aprendido. El juego consistía en que la pequeña debería adivinar el nombre del invitado que la madre le señalaría con su dedo.
Julieta no se pudo lucir realmente, era mucha información de golpe para una niña de tan sol 5 años. Pero si existía alguien con el cual ella podría lucirse, era conmigo y mi nombre.
Después de algunos errores de Julieta, la madre apunta su dedo hacia mí. No podía fallar, ella sabía mi nombre, ella me lo había preguntado, yo se lo había enseñado, ella lo había practicado y habíamos pasado horas jugando juntos. Pero Julieta se equivocó, no dijo: “Luis”, dijo: “Papá”.

Inmediatamente la madre la corrigió aclarándole que yo no era “Papá” sino “Luis”, y obviamente el juego llegó a su fin. Nunca nadie me había dicho Papá.
Después la madre se acercó, y con mucha vergüenza, me pidió perdón por lo sucedido. Obviamente le dije que no hacia falta y que para mí había sido un gesto muy dulce.
Yo no conocía a la madre ni a la niña hasta ese día, así que no sé si el padre existía o que protagonismo tenía, pero se ve que mucho no.

Pasado el “mal entendido”, me quedé un rato más en el cumpleaños hasta que decidí retirarme. Empecé saludando a los adultos, pero no le tomó mucho tiempo a Julieta entender que me estaba yendo.
¿Cómo explicar una escena en la cual una niña de 5 años viene llorando a abrazarte para que no te vayas?
No me podía ir, simplemente no podía. Esperamos unos segundos hasta que la mamá mirándome, de manera cómplice, dice: “No llores Julieta, que él vuelve. Va al kiosco y vuelve ¿No es cierto Luis?”. Nunca una simple y piadosa mentira me costó tanto.
Mientras bajábamos por el ascensor, mi compañero se sorprendió de que Julieta no me hubiese regalado un dibujo después de tan afectiva despedida. Y tenía razón, Julieta no me regaló ningún dibujo, pero me regaló otra cosa, algo original y que jamás olvidaré, me regaló un: “Papà”.
Julieta me regaló el poder sentirme Padre, aunque sea, lo que dura un mal entendido.



miércoles, 8 de septiembre de 2010

Última foto

El domingo pasado hubo una reunión familiar en la casa de mis abuelos. En un principio era el plan digno de un domingo familiar común y corriente, pero este cambió cuando me enteré que el propósito del encuentro, era ver unas diapositivas familiares.

Al llegar tíos, abuelos, padres y hermanos ya estaban sentados en sus lugares esperando para ver las fotos, como en el cine uno espera por la película. Sillas no quedaban, pero un almohadón me sirvió para poder sentarme cómodamente en el suelo duro.

El abuelo, casi como el líder de la manada, decidió que era momento de ver las fotos y apagó las luces. Reinó un silencio casi absoluto, que solo se rompía con detalles que solo él aportaba.
Las fotos hablaban de su vida. Eran fotos que nadie había visto antes. Eran historias que nadie había escuchado antes. Eran lugares que nadie había visto antes. Eran personas que nadie había conocido antes. Era su vida contada por él y sus fotos. Sus casas, sus amigos, sus novias, sus aventuras, sus anécdotas…su vida.
Pero una foto tuvo más protagonismo que otras. La foto era de dos jóvenes en traje de baño abrazados sobre la orilla del rió Paraná. Mi hermana preguntó: -¿Quién ese muchacho que te acompaña abuelo?” -“Ese era Robertito…” murmuró el abuelo, y solo nos quedo esperar para que nos cuente quien era. “Ese hombre fue mi gran amigo” agregó, para luego rematar con: “y me salvó la vida a cambio de la suya”. No sé cuanto tiempo nos quedamos callados, pero el silencio dominó el momento, que de a poco, se fue vistiendo de emoción con alguna que otra lágrima, que todos tratábamos de disimular.
Mi abuelo y Robertito nadaban en el rió Paraná para disfrutar del nado y para sorprender a las muchachas. Era muy común que los jóvenes demuestren su hombría con peligrosas pruebas de nado en el traicionero río. Pero una tarde lo peligroso se torno protagonista, y ante una demostración, mi abuelo se atoró con algunas algas y no pudo mantenerse a flote. Robertitio, que competía contra él, nadó para ayudarlo. Mi abuelo regresó a la orilla apenas respirando, Robertito no.

Esa diapositiva, que llevaba ya varios minutos puesta, fue de ese mismo día.
Es notable como una persona sigue viva en una foto, y como mi abuelo lo sacó de la misma para que todos supiéramos, que ese extraño que nadie conocía, era casi parte de la familia.
Pero lo que me dejó pensando fue cuando mi abuelo dijo: “Esa es la única foto que existe de él”. 
¿Y si esa foto no existiera, mi abuelo nos hubiera contado de él? ¿Mi hermana hubiera tenido una excusa para preguntar sobre aquel extraño?
Me quedó la sensación de que el día que esa foto desaparezca, también desaparecerá el recuerdo de que existió un Robertito.

Volviendo a mi casa pensé en mí. Llegué a la conclusión de que llegará el día en que esa última foto, en la que permanezca inmortalizado mi ser, desaparezca. Y ya ningún familiar curioso tendrá un pretexto para que me hagan volver.
También llegará ese día en que  mis obras se desintegren, se pierdan o se vendan en un mercado de pulgas al mejor postor. Y  recién ahí dejaré  de existir realmente, como antes de haber nacido. Llegará un momento en donde mis propios descendientes no sabrán de mi existencia y mi nombre no cobrará sentido alguno.
Mientras tanto intentaré que mis fotos tengan, en un futuro, un motivo para que un bisnieto crea, que detrás de aquel extraño, haya una historia que contar.


domingo, 6 de junio de 2010

150

Empecé este blog porque tenía 2 o 3 detalles del amor que quería escribir, pero nunca me imagine que podían llegar a 150.
Siempre me preguntan por qué escribo de amor, y contesto porque es un gran tema para analizar y discutir. Creo que hay pocos temas que nos atrapen tanto en esta vida. Pero seguramente también, era para saber que me pasaba a mí con el amor en mis 28 años de vida.
Sé que uno siempre escribe para uno mismo, pero el poder compartirlo con otras personas fue lo mágico de esta experiencia.
Siento que justo con estos 150 post de amor, termina una etapa para mí y comienza otra.
Realmente siento que mi vida cambió. Lo que aprendí de mi mismo fue increíble, lo que aprendí del amor fue increíble y lo que aprendí de ustedes fue lo mejor.

Gracias

Luis

jueves, 26 de febrero de 2009

Que dependa de uno

Siempre creemos que nos faltan cosas para ser feliz. Estamos seguros de que esa felicidad depende de poder lograr un objetivo en particular. Como si la felicidad descansara solo en un futuro deseado. Y siempre creemos que es difícil de conseguir, y quizás así lo sea. Quizás esos objetivos sean difíciles o largos de transitar, pero eso es otro tema, porque la felicidad no descansa en lo que todavía no tenemos, sino en la simpleza de aprender a disfrutar de lo que tenemos.

Feliz no es el que tiene mucho, sino el que sabe disfrutar de poco.



La felicidad no tiene que ser un estadio para ciertos momentos de la vida. Como si fuera una recompensa por haber logrado algo, como cuando a un perro al que le dan una galletita por haber realizado la pirueta. La felicidad tiene que ser un modo de vida. Porque la única manera para ser feliz mañana, es siéndolo hoy mismo.
Hay que aprender a ser feliz con lo que tenemos (que siempre es más de lo que pensamos) y no con lo que nos falta.

La felicidad no es algo que llega, o algo que se gana…es algo que se aprende. Depende de nosotros aprender a ser felices y no de objetivos, o de otras personas.

Aprendamos de una vez.



miércoles, 30 de julio de 2008

El único recreo…


¿Quién se acordará de nosotros cuando no estemos más?

¿En qué momentos?

¿Hasta cuándo?

Nuestros hijos, familiares y amigos nos van a tener presentes en cada momento desde que nos vayamos de este mundo. Pero cada vez con menos frecuencia.

Luego los nietos y algunos familiares nos traerán de vuelta cuando algún nuevo integrante de la familia pregunte de quién es esa guitarra, esa canción, ese texto, ese cuadro, esa casa o simplemente pregunten quién es esa persona que esta junto a Papá en aquella vieja foto.



Pero llegará un día en que esa última foto en la que estemos inmortalizados desaparezca, y ya ningún niño curioso tendrá un pretexto para que nos hagan volver.
También llegará ese día en que nuestras obras se desintegren, se pierdan o se vendan en un mercado de pulgas al mejor postor. Y ahí dejaremos de existir, de la misma manera que antes de haber nacido.

En la historia de la humanidad estaremos más tiempo muertos que vivos. Se olvidarán de nosotros mucho antes de lo que desearíamos. Por eso no perdamos tiempo en el que dirán, o en el mañana. Es hoy.

La vida es el único recreo que nos brinda la muerte.

Es un momento, son vacaciones.
Es el momento ideal para que te animes a hacerlo, porque no habrá otro recreo.

martes, 20 de mayo de 2008

Quiero un pico...de felicidad.

Que difícil responder a la pregunta de “¿Sos feliz?”

No porque no lo sea, sino porque la felicidad no es un estado de ánimo que se extienda a lo largo de un periodo, son picos.

La felicidad es la reacción a un acontecimiento que te hace sentir feliz. Y dura solo eso, algunos segundos, un momento. Casi como si fuera una sensación mas que un sentimiento. O no.

Pero que lindo es sentir ese acontecimiento o sensación de ser feliz.

Cuando estas tranquilo haciendo cualquier cosa y de repente escuchas ese tema, o te sorprende alguna buena noticia, o te acordas de algo, o por ninguna razón en especial y ves como, por arte de magia, entra un escalofrió en tu pecho y de repente sos feliz, así de simple y así de rápido. Y todo, pero todo esta bien. Todo funciona, no hay ningún problema.

Pero claro, termina mucho antes de lo que quisiéramos, apenas 2 o 3 segundos y va cayendo gradualmente. Es solo un pico.

La persona feliz es la que en este momento esta recolectando más acontecimientos de felicidad que otra. Seguramente por estar haciendo cosas y juntándose con personas que lo ayudan a compartir y generar esos picos.

Por eso uno nunca podrás ser feliz solo por tus logros personales. Uno necesita de los demás para ser feliz.

-Ya sea por tener con quien compartir tu felicidad:

Si un jugador de fútbol hace un gol al último minuto en un clásico, no es feliz por el gol en si, es feliz por causarle felicidad a millones de personas y a sus compañeros de equipo. Si ese jugador convirtiera ese mismo gol, pero en un estadio completamente vació y este solo él, no creo que lo festeje con tanta euforia, porque no tendría con quien.

-O ya sea porque te la generan otros:

Aquel gracias de ese chico al cual le devolviste la pelota, o la sonrisa de la abuela tras un simple beso en la mejilla, o esa mirada cómplice de un amigo que te hace saber que no estas solo, o ese abrazo tan fuerte donde no existen palabras para describirlo, o ese “Te quiero” sincero o la felicidad de esa persona que quiere compartirla con vos.
Ahí recolectamos felicidad también. (Y más).


La felicidad propia existirá, siempre y cuando exista la de los que queremos.


No se puede ser feliz entre infelices. Por eso generemos felicidad en otros para ser felices nosotros.


...Quizás entonces los picos (besos) son los verdaderos picos de felicidad. Duran lo mismo, tan solo unos segundos, y generan esa sensación de felicidad de una manera rápida y simple…

domingo, 20 de abril de 2008

Otro de mis enemigos: El señor Domingo.

El Domingo esta catalogado como “día festivo”, de “celebración” y “descanso”. ¿Perdón?

Por lo menos a mi no me llego ese mail en cadena aclarándomelo. Los domingos son depresivos, apestan, no hay otra. Es el último día del fin de semana (pero parece que ya termino) y eso es terrible. Es como un día de despedía de la diversión, amigos, pareja, fiesta, libertad. Por eso están marcados con color rojo en el calendario.

Te despertas tarde, miras la ventana, el sol esta a pleno y eso ya te pone de mal humor. Después pensas en aprovechar el día de todas maneras, pero apenas te sentaste en la cama, la cabeza te da vueltas y vueltas, y te acordaste de todo lo que tomaste la noche anterior.

Por lo tanto te quedas en tu casa. Pero este es el gran error que cometemos todos los domingos. Al quedarte en casa, en pijama y con malestar, no tenes muchas opciones, entonces decidís prender la tele para ver que dan. Pones canal trece y están dando esa película de Olmedo y Porcel que ya viste 54,33 veces, en las cuales hasta te sabes los diálogos de memoria. Solo te quedas un rato para reírte de los efectos especiales y de Cris morena o Moría Casan siendo jóvenes y con peinados re ochentas. Luego, gracias el zapping, pasas al once y para peor, están dando esa película de Van Damme donde todos se cagan a trompadas, cero argumento, cero diversión. Y ahí decís “ni la tele me hace la gamba un Domingo”.


Por lo tanto estas en tu casa, en pijama, sin poder hacer mucho y es ahí cuando empezas a pesar, a maquinar sobre todo lo que acontece en tu vida.

Analizas todas tus áreas, tu situación laboral, académica y social, pero la que mas pesa es tu situación sentimental. Los domingos son días claves en el amor. Porque tenes tiempo de pensar a fondo tu situación (y eso mata). Los domingos es cuando te das mas cuenta que estas solo. Porque si por lo menos ves esa película de Olmedo y Porcel, pero acompañado, sabes perfectamente que no es lo mismo.

Y estar solo sumado a que es domingo, te hace hacer esas boludeces de llamar a tu ex o a ese “posible” compañera/o. Situaciones de las cuales el Lunes a la mañana te arrepentís a más no poder. Por eso tenemos que desconfiar en esa persona que llama solo los domingos (eso es querer confundir momentáneamente la soledad)

Y si estas en pareja los domingos son los días, en que si te peleaste antes, pensas demasiado y podes llegar a conclusiones drásticas (sean necesarias o no) Como si el Domingo acelerara las decisiones. Por eso si estas peleado, y no la queres perderla, llámala el domingo y amígate. No vas a querer que piense un domingo, porque perdiste.

Por lo tanto los domingos apestan. Lo único que lo salva, es salir o salir. Sea la hora que sea, hay que salir. El domingo hay que aprovecharlo para es ir a cualquier muestra, aire libre, tocar la guitarra, cantar, tomar algún café. Y todo con gente querida, obviamente.

Entonces pongámonos en campaña para ayudar al Domingo a subir su autoestima, y que no sea el hazmerreír de los demás días de la semana. Al fin al cabo si la semana laboral empezaría un martes los domingos seria como los sábados.

Hagamos planes para el domingo, solo para que él se sienta mejor


¿Qué propondrías para hacer los domingo, así este cambia su autoestima?

lunes, 14 de abril de 2008

¿Por qué me tocó a mí nacer?

¿Por qué me tocó a mí nacer?

Siempre me interesó saber por que estamos vivos nosotros, vos y yo y no otros.

Si nuestros padres nunca se hubieran conocidos ¿Qué hubiera sido de nosotros? ¿Nada? ¿Entonces somos una simple casualidad del asar? Pero si yo pienso, vivo, siento, reflexiono, soy diferente a todos los demás, tengo mi personalidad, tengo la capacidad de preguntarme “¿Por qué me toco a mí?”...¿y eso es producto de la casualidad?

Hay veces que pienso que somos un cierto número de almas girando sobre la atmósfera de la Tierra, y en cuanto hay un nacimiento ya sea vegetal, animal o humano, una de las almas cae y le da vida y personalidad a un cuerpo. Y así sucesivamente. Solo te enteras que te tocó recién al nacer.
Me cuesta creer que mi persona, y no hablo de mi persona como un “ser humano con vida”, sino como Luis, sea una simple casualidad.


Por otro lado nadie pidió nacer, y a esto hay que sumarle que nadie sabe el objetivo real de la vida. Todos sabemos que vamos a morir, todos nos aconsejan como vivir la vida, pero nadie nos puede decir porque nos toco vivir.

Las religiones se preocupan por decirte como tenes que vivir, para que el día en que te mueras, tengas un lugar en el cielo o poder reencarnar en una mejor especie. Pero no te dicen por que te toco vivir, sino como lidiar con ello.

No quiero sembrar pensamientos negativos o depresivos, al contrario. Solo quiero saber por que me toco a mí, y no a otro.

Creo que la respuesta estará el día en que nos retiremos de este mundo. Obviamente, y como no podía ser de otra manera, nos vamos a despedir con la ley de Murphy, justo cuando nos vamos sabemos para que vinimos.

Mientras tanto a disfrutar ¿no? Aprovechemos para hacer todo lo que se pueda en esta vida, en la cual nos toco vivir como seres humanos, y hagamos todo lo que el ser humano pueda hacer para sentirse feliz. Riámonos hasta llorar, corramos a toda velocidad sintiendo el viento en la cara, hagamos sentir bien a los demás, tengamos un millón de amigos, un millón de anécdotas, enamorémonos mil veces y desenamorémonos otras mil mas, vayamos a lugares por el solo hecho de no haber ido nunca y vivíamos buscando realizar nuestros sueños.

Porque no sabemos si en el cielo o reencarnado en un caracol, podremos volver a hacer y sentir todo lo que hacemos y sentimos en esta vida. Por lo tanto y mientras tanto a disfrutar, que cada vez queda menos tiempo de recreo.

Recuerdos

Es increíble como los recuerdos se quedan intactos en nuestra memoria, casi como si pudieramos poner REC , y ahí aparecen nuevamente.
Lo interesante es que no elegimos cuando poner REC, es inconsciente. Solo nuestra cabeza sabe elegir esos momentos de felicidad, esos picos; pero también graba momentos feos, pero solo para hacernos fuertes a lo largo de nuestras vidas.
Y cuando necesitamos de esos hermosos recuerdos, ponemos PLAY, y vemos casi como en una película, nuestras memorias de aquellos lugares o personas que nos hicieron feliz en algún momento. Y sin que nadie sepa, una sonrisa cómplice aparece en nuestro rostro.



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